MAMÁS

¿QUÉ ES UNA MAMÁ PERFECTA?

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Cuando me estrené como madre me asaltaron miles de dudas e inseguridades. ¿Mi hija está segura? ¿Lo estaré haciendo bien? ¿Habrá comido lo suficiente? ¿Esta respiración será normal? y un sinnúmero de preguntas más. Dudas que a medida que me sentía más cómoda como mamá, se fueron disipando.

Lo que no esperaba, fue el volumen de  mensajes de todo tipo y provenientes de todas las fuentes, acerca de lo que se supone que una buena madre debe ser y cómo debe criar a sus hijos. Personas cercanas y extrañas, padres y no padres, madres y no madres, expertos y no expertos, parecían tener una opinión al respecto.

Con lo cual deduje que, como en otros papeles de mi vida como mujer, en este tampoco me iba a escapar de los juicios, las críticas y las opiniones, que lejos de aportar, solo golpeaban mi autoestima, subestimaban mi labor y desvalorizaban mi género.

Por fortuna, supe reconocer que debía alejarme de todo este tipo de mensajes, para no correr el riesgo de caer en este estereotipo creado de “mamá perfecta” y por el contrario, reafirmar mi capacidad para elegir la forma en la cual quería vivir mi vida, interactuar con mi familia y tomar mis propias decisiones acerca de cómo criar a mi hija.

Por ello no temo que mi hija me vea fallar, llorar, fracasar, sentirme abrumada, sepa que no sé todo, que no siempre estoy glamorosa, que a veces necesito ayuda y me vea pedirla, que puedo ser impaciente y enojarme y que, aunque quisiera, no soy una chef ni una pastelera experta. Soy humana y soy vulnerable.

Ahora sé que las mejores respuestas siempre están en mi interior, actúo con amor y doy lo mejor; con la tranquilidad de que lejos de ser perfecta, soy yo, una madre real para mi hija.

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MAMÁS

UNA HIJA FELIZ

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Uno de los anhelos que tengo como madre, es que mi hija sea feliz. Que pueda descubrir quién es, para qué vino a este mundo y pueda ser ella misma. En lo que, su felicidad, se ha convertido en mi prioridad.

Entre tantas opciones y decisiones que tomar, sin duda, es una tranquilidad establecer esta como prioridad. Recordando propiciar cada día, un ambiente de alegría, optimismo y confianza.

Siendo consciente de mis propias emociones, para actuar con intencionalidad. Habilidad que aprendí, a través del proceso de convivir con una enfermedad crónica, tomando la decisión de no dramatizar la vida, para restablecer el balance, momento a momento, día a día.

Enfermedad que además, me enseñó que el dolor es inevitable en la vida pero, el sufrimiento es opcional. Por ello, sé que no puedo evitar el dolor en la vida de mi hija pero, confío darle las herramientas para que enfrente sus propios desafíos. Entendiendo que la felicidad no depende de nuestras circunstancias, de nada externo, ni es una meta futura que debamos alcanzar.

Por ello sin reprimir lo que sentimos y ser falsamente positivos, si espero que en mi hogar, ella pueda conocer cómo es la vida en todas sus facetas, dentro de un entorno emocional sano, rodeado de mucho amor y buen humor, para que aprenda a ver el lado favorable, pese a la adversidad y a asumir los errores, los fracasos y las dificultades, como oportunidades de mejora, cambio y crecimiento.

Encontrando satisfacción en lo que es, hace y tiene, para que pueda enamorarse de su vida y sentir que esta, ¡merece la pena vivirla!

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